El coronel no tiene quien le escriba: una obra que nos hace suspirar de melancolía
El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel
García Márquez, es una obra que de solo leer el título nos conmueve. La historia
se desarrolla lenta y paulatinamente, por lo que requiere que el lector deje de
lado la rapidez de la vida y calme sus sentidos para que pueda saborearla. La
comparo con un buen vino o un buen café, que requieren tiempo para apreciar sus aromas y matices.
La obra nos sumerge en la vida cotidiana del coronel y su
esposa, que transita en un ambiente melancólico y afligido. Reflejando así la monotonía
con la que puede estar coloreada la vida misma. Y es que en esta obra no
encontraremos personajes que realicen hazañas imposibles de alcanzar o que
tengan vidas extraordinarias, o, incluso, una trama super elaborada,
características a las que, en muchas ocasiones, se les suele dar prevalencia.
No, nada de eso. En este libro conocemos seres humanos
reales dentro del contexto en que se enmarcan, con una vida completamente común
llena de penurias, creencias, dolencias, aflicciones, pero también pequeñas
alegrías, costumbres, conversaciones normales, momentos de incertidumbre e
inseguridades. Y que, básicamente, como todos afrontan conflictos y tienen
pérdidas inolvidables.
Considero que tener en cuenta todo esto es importantísimo
para poder apreciar la obra por su esencia. Y es que se la obra se refugia en lo
sencillo, en lo humano. La obra nos transmite los sentimientos y emociones de
los personajes, de forma tan llana y cruda que nos entristecemos con el coronel
cuando no recibe la carta tan anhelada cada viernes y sabemos que nunca pasará.
Nos afligimos cuando leemos que no tienen qué comer o que ponían a hervir
piedras para guardar las apariencias o al conocer las condiciones de sus ropas.
Y hasta empatizamos profundamente con la esposa del coronel cuando quiere que
este venda el gallo a toda costa porque no soporta pasar más hambre.
Así pues, es una obra que puedo definir como inmensamente
realista y cotidiana, tan realista que a veces duele y parece que se tratara
de nosotros o de un conocido; de manera que es apenas tocada por pequeñas
manifestaciones del realismo mágico.
Me despido con este un fragmento de la novela:
«El coronel sintió el terror. El administrador se echó el
saco al hombro, bajó al andén y respondió sin volver la cabeza:
–El coronel no tiene quien le escriba».

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