''El ratón violinista''


 

Era una fresca mañana de octubre, cuando todos los pobladores del pequeño condado Arcoíris se encontraban aglomerados en el concurrido teatro del pueblo. Todos estaban allí para ver a Lucas, el Ratón; o como todos lo llamaban ‘’El ratón violinista’’, el más asombroso de todos los tiempos. Y es que, cualquiera de sus espectáculos, deslumbraba al más escrupuloso crítico de la música. La pasión con la que ejecutaba sus notas musicales lo hacían catalogar como el mejor violinista jamás conocido.

Ese día, se preparaba para ejecutar su gran concierto de otoño—Lucas hacía cuatro grandes conciertos al año, alineados con cada estación—, cuando el alguacil del pueblo le hizo señas con la mano para que bajara del escenario. Los pobladores, extrañados por la interrupción, se miraban unos a otros con caras confusas.

Lucas, también desconcertado, es llevado a un pequeño cuarto ubicado detrás del escenario. Uno de los hombres que acompañaban al alguacil, lo invita a sentarse en una silla maltrecha situada en una esquina de la diminuta habitación:

—Lo que te voy a decir ahora, Lucas, va a cambiar el destino de tu vida. Pero es propicio que acates las órdenes que en un momento recibirás para beneficio del pueblo, que tanto te importa—le dice el alguacil, con un tono sombrío.

Inmediatamente, Lucas sospecha que algo andaba mal. Nunca confió en este hombre para gobernar tan maravilloso pueblo como lo era Arcoíris, quienes hacían honor a su nombre. Pero de algo sí estaba seguro: no dejaría que los planes malévolos que seguramente tenía preparados el alguacil, dañaran la armonía del pueblo.

 —¿En qué puedo ayudarlo? —le dice.

—Hemos recibido grandes presiones de fuerzas internacionales sobre los disturbios que está causando tu música en todos los arcoirisanos. Están rebeldes, cuestionan todas las decisiones que tomamos, ya no son los buenos ciudadanos de antes. Lucas, lamentablemente tendremos que erradicar, de una vez y para siempre, la música en Arcoíris. Es preciso quemar todos y cada uno de los instrumentos musicales que haya en este pueblo. 

Indignado, Lucas se levanta rápidamente de la silla divisando las intenciones de los hombres que le habían citado a hacerle tan horrenda propuesta. ¡Querían atentar contra la música! ¡La musa de su inspiración, su alma! No podía permitirlo. Sin pensarlo dos veces, dio la espalda y salió de aquel lugar.

Minutos más tarde, ya se encontraba reunido con la junta de vecinos del condado y sus compañeros de orquesta. Todos sabían perfectamente lo que tenían que hacer, no obstante, para hacer lo que planeaban debían tener esperanza, fe y, sobre todo, coraje.

En el fondo de un bosque a las orillas del pueblo, se encontraba el Señor de la Música. Para muchos era un mito, para otros, una realidad. Sin embargo, este caso era de vida o muerte y, si de verdad existía el Señor de la Música, esta era la oportunidad perfecta para ir a solicitar su ayuda. Con suerte, regresarían a tiempo para detener al alguacil y sus hombres. Así que, organizados en grupos de tres se adentraron cien hombres esa misma noche en las oscuridades del bosque en búsqueda del mítico personaje.

Transcurrieron tres semanas, cuatro, cinco y aún no encontraban nada. Unos sesenta pobladores de los que se habían unido para ayudar en la causa habían desistido, diciendo que tenían esposa e hijos en casa; otros que tenían una granja que atender, en fin, uno a uno iban yéndose, perdiendo la esperanza. Pero Lucas jamás flaqueó y con él permanecieron ocho hombres y tres mujeres.

A pesar de la espera, Lucas sentía que estaban cerca y ¡vaya que tenía razón! En el corazón del bosque, al lado de una gigante cascada, se encontraba una pequeña cabaña rodeada de malezas, hierbas y trastes viejos. Todos decidieron acercarse, tocaron la puerta y nadie les abrió, así que decidieron avanzar. Todo allí estaba oscuro y tenebroso, el olor que despedía aquel lugar era indescriptible, una mezcla de madera vieja con hierbas aromáticas. Sin duda, ya alguien había estado allí.

Súbitamente, el ruido de la puerta llamó su atención y se encontraron con la figura de un anciano, que parecía no más de 90 años, vestido de harapos y una larga barba blanca:

—¿Quiénes son? —dice el anciano con voz rasposa.

—¿Eres el Señor de la Música? —dice sin perder tiempo, Ramón, uno del grupo.

—¿Crees tú que lo soy? —dice el viejo.

—Sí, lo creo—dice Ramón, tragando fuerte y claramente nervioso.

—Entonces, si lo crees, es posible. ¿Qué es lo que necesitan?

En ese momento, Lucas da un paso hacia delante y le explica la situación. Todos escuchan atentamente la respuesta del Señor de la Música ante tan grande problema. ¿Cómo harían para enfrentar al alguacil y sus hombres? ¿Habrán quemado todos los instrumentos ya? ¿Y si llegamos tarde? Todas estas eran las dudas que asaltaban al grupo, incluso al mismo Lucas.

—Escuchen, creo que han subestimado el poder de la música—dice el anciano. Tú muchacho—señalando a Lucas—, percibo en ti el don sagrado. El ritmo armonioso del latir de mi corazón, me dice que eres el elegido. Debes reunir a todos los niños del condado en el teatro del pueblo. La pureza de estos vencerá la vileza de los que intentan robarnos nuestra alma, nuestro ritmo. Una vez reunidos, tocarás estas notas musicales. Ellas contienen el poder para combatir cualquiera de los males, pero deben ser ejecutadas con toda la pasión de tu alma y con la certeza de que la fuerza de tu interior es la llave que desatará su magia. ¿Lo crees? —pregunta el Señor de la Música.

—Sí, lo creo—dice Lucas.

—Entonces, vayan. Antes de que sea demasiado tarde.

Así que, apurados se pusieron en camino en ese mismo instante. Luego de dos días completos de caminata sin descanso, divisaron la entrada del pueblo. Una vez ahí, esparcieron la voz por todo el condado sobre el concierto que tendría lugar en unas horas. Debían hacerlo rápido, antes de que los rumores llegaran a oídos del alguacil.

Finalmente, después de haber conglomerado a todo el pueblo, el momento había llegado. Así que, sin perder un segundo más, Lucas tomó su violín y subió al escenario con la calma y frescura que le caracterizaba, saludando al público con una sonrisa sublime y fascinante que, con solo mirarla, transmitía felicidad. Minutos más tarde, entonó la primera melodía. Sonido como ese, no tenía comparación alguna. Su música era parecida al embriagante aroma despedido de las rosas en una fresca mañana o a las tiernas gotas de lluvia que revestían las hojas de los árboles. Era fascinante…

Inmediatamente, un aura de alegría empezó al llenar el lugar y contagió a todos los que en él se encontraban. El gozo de los niños, tal y como lo había dicho el anciano, se llevó toda tristeza o duda que pudo haber existido en aquel lugar. A partir de ese instante, cada ciudadano de Arcoíris decidió luchar contra la decisión del alguacil, reconociendo la magia que transmitía la música entre ellos. De modo que ese mismo día destituyeron al alguacil de su cargo.

Definitivamente, no hubo un día más en que no se hiciera música en Arcoíris. Todos los días se reunían en el teatro del pueblo a admirar el talento de muchos, sobre todo a Lucas, quien para ese entonces era considerado el héroe del pueblo. Gracias a este, Arcoíris aprendió a luchar por sus derechos; a nunca más dejar de lado sus sueños y apreciar el verdadero valor de la música.

Fin

 

 

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